viernes, septiembre 25, 2015

Valle Los Ingleses

Es septiembre y el bosquecillo, aledaño al Hospital Eduardo Pereira, muestra ya sus pintas amarillas y blancas en el fondo verde de pasto y eucaliptus. Es la primavera que se presenta ya con su sinfonía de colores.

Valle Los Ingleses es un sector donde la paz se ha asentado como una señora ya entrada en canas. Desde el balcón, adivinas el susurro del viento y la multitud de pájaros que son tus vecinos.

Rara vez se escucha un sonido humano: la naturaleza lo invade todo.

En este marco bucólico, la música clásica y una buena novela, son los ingredientes precisos para gozar una tarde de ocio.

En este delicioso ambiente, bien puede surgir un narrador o poeta.


lunes, junio 20, 2011

Temporal en Valparaíso

La llanura azul va cambiando poco a poco su color por otro grisáceo. Se ve una que otra gaviota flotando en el cielo, estática por efecto del viento que ya levanta espumas, que semejan pequeños corderos sobre la superficie acuosa. Un viento silba por entre las rendijas hogareñas. Se viene el temporal.

En Valparaíso, el temporal es parte del paisaje en invierno. Muchos de ellos han terminado con naves encalladas, techos volando desde los cerros, deslizamientos de lodo y piedras que corren raudas hacia el estrecho plan. Las alcantarillas, que siempre son sorprendidas por el aguacero, dan vida a anchas y profundas lagunas y los vehículos semejan navíos lidiando por alcanzar tierra firme.

El viento arrecia fuerte. Infla los vidrios de las casas y en más de una algunos revientan y lanzan su mensaje de cristales. Enemigo de los paraguas, los pone de revés y los hace inútiles, incapaces de cumplir su función estatuida.

El paseo costero atrae a los jóvenes que juegan, risueños, con las bravuconadas marinas. Se les ve empapados, pero felices de poder esquivar los zarpazos del mar.

Es tarde de ceremonias de interiores. De sopaipillas y vino navegado. De burlar a la lluvia y al viento que pugnan por entrar para ser parte de la tertulia.

Temporal en Valparaíso. Los barcos y buques han salido a jugar con el mar en un sube y baja incesante. Las altas olas semejan una serie de toboganes sobre los que se deslizan las embarcaciones. A veces, a lo lejos, se escucha el lastimero ulular de alguna nave que da cuenta de su presencia tras la cortina acuosa que impide verla. Todo es tráfago de olas y lluvia. La naturaleza se enseñorea a sus anchas, hasta que salga el sol y el mar pase a ser un páramo marino.

miércoles, marzo 03, 2010

Una visita bulliciosa


Eran las 3:34 AM y se nos vino el crugir de amarras, paredes que se inclinan en la oscuridad, el aullar de perros asustados, el miedo saliendo por los poros. Y no es la primera vez que el viejo puerto recibe esta siniestra visita bulliciosa que con su guadaña se nos lleva a tantos coterráneos, sorprendidos en el sueño.

El anfiteatro se sacude el polvo aumulado en 25 años; pero esta vez, en la oscuridad de la noche, no lo vimos. Y ahí estábamos una vez más. Apenas embutidos en el dintel de la puerta del dormitorio, esperando que tan imprevista pesadilla acabara. El tiempo se hace interminable y surge la noción de que somos polvo y que al polvo volveremos.

Dios se nos hace presente en ese corazón que late apresuradamente, nervioso, asustado. Entonces, nos percatamos que, en verdad, no somos nada, que la naturaleza lo es todo, que ella es ahora la reina entre la penumbra nocturna. La luna observa, fría, el dantesco espectáculo.

Viene la oscuridad; sólo la luna sigue observándonos, impávida, como si eso no fuera asunto de su incumbencia. Pequeños movimientos nos recuerdan que esto no termina aquí, que estamos sometidos por la fuerza de lo que acontece sin que tengamos control alguno. Pasamos a tercer plano, a cuarto plano; ya no somos nosotros los protagonistas. Somos una suerte de muñecos de trapos, sacudidos por fuerzas conocidas y, sin embargo, siempre nuevas y misteriosas.

Valparaíso se queda sin luces, sólo la luna se asoma imponente. Por vez primera, luego de tanto tiempo, vemos las estrellas en toda su belleza. El mar nos devuelve el rostro níveo de la luna, repetido en infinitos espejos inquietos. Entre tanto miedo, Valparaíso, una vez más, nos muestra su mágica belleza. Entonces, la serenidad comienza a entrar por la ventana y un aroma salobre nos anuncia que hay que reponerse, que hay que levantarse, que el puerto nos espera para que le remocemos su rostro marino y sigamos navegando en su historia, hasta que nuevamente nos visite el bullicioso de la guadaña.

viernes, enero 01, 2010

Año nuevo en el mar


Valparaíso ha recibido un nuevo año. La noche se ha pintado de colores y reflejos dorados y de plata. La noche retumba con las bombas y petardos y las risas y gritos de alegría se entremezclan con los ladridos de los perros asustados.

En el puerto, el año nuevo se prepara con cierta antelación. Especialmente son las dueñas de casa las que se afanan en preparar una cena que deje felices a todos. En Chile, la mesa es el imán que atrae a amigos y enemigos, lugar en que las reconciliaciones pueden prosperar y las amistades se consolidan a fuego. Se ha ahorrado lo suficiente y más el aguinaldo, permite darse ciertos lujo en la mesa una vez en el año.

Chicos y grandes, burlando la normativa, se las ingenian para comprar cuetes y viejas, para ponerle sonido a la noche. Las luces del árbol de pascua se lucen a través de las ventanas. En la calle todo es jolgorio y amistad. Por lo menos una vez en el año, todos son amigos y las bromas son el pasaporte para una noche de paz y alegría.

La topografía porteña es un verdadero anfiteatro en el que el escenario es el mar. Por eso, todo el arsenal de fuegos de artificio se instala en balsas, ubicadas estratégicamente a lo largo del litoral. Primero, los abrazos y, luego, las sirenas de los barcos son el preámbulo del estampido de luces y sonidos que explosan entre risas y admiraciones.

Luego de veinte minutos, sólo quedan los aplausos y los mejores deseos para un año que ya se inicia.

Nuevamente se vuelve a la intimidad de la casa, a los suyos, al día a día. Un año se nos fue.

domingo, junio 21, 2009

Atardecer porteño



Los cerros de Valparaíso constituyen un verdadero anfiteatro para observar las maravillas de la naturaleza. Uno de los mensajes más bellos que Dios nos regala cada día, es el atardecer porteño. He vivido en Playa Ancha y en Esperanza y nunca me he perdido este hermoso espectáculo.
Recuerdo más de algún pololeo vivido en el paseo 21 de mayo o en la avenida altamirano, esperando este efímero momento en que el sol se retira al descanso y la noche anuncia su venida. Un momento mágico, lleno de sensaciones gratas. Instantes propicios para declarar el amor, dar un beso o, simplemente, observar ese concierto de tonos anaranjados, tomados de la mano o abrazados. Romántico ¿verdad?
Quisiera que, cuando Él me llame a su morada, pueda hacerlo en una embarcación, navegando hacia altamar, enfilando la proa hacia ese horizonte naranja. Será como adentrarse en la maravilla de esa otra dimensión, eterna y colorida.

viernes, mayo 01, 2009

Playa Ancha y el mar


He vuelto a Playa Ancha. Siempre he asociado a este cerro con el mar, tan propio de Valparaíso. Quizás sea porque es desde Playa Ancha que se ve Valparaíso mirando al Pacífico en todo su esplendor. Además, aun cuando no lo veas, te llama con su viento perfumado a sal. En efecto, el viento siempre está presente en Playa Ancha. Y ahora, en el preámbulo del invierno, suele ser muy helado.


Recuerdo que estando en el Liceo Alfredo Nazar Feres -como alumno- solíamos descolgarnos de nuestro cerro para acercarnos al Paseo Rubén Darío a desafiar la furia marina en días de temporal. Siempre nos vencía el mar y volvíamos a casa empapados.


También divisábamos, admirados, los barcos enfrentando al viento; pues adivinábamos a los marineros en cubierta, atando y desatando cabos. Muchos de ellos eran de Playa Ancha, los veíamos a diario en nuestras calles, algunos eran padres de compañeros de curso.


Otras veces, nos íbamos a Caleta El Membrillo y éramos testigos de sus regalos marinos que se movían dentro de los botes. Veíamos también sus huellas en los rostros de los pescadores.


Cuando la vida me ha llevado a otros países, siempre echo de menos este mar que, desde Playa Ancha, se nos muestra en toda su belleza y grandeza. Si vas a Punta Ángeles, podrás ver los "corderitos" que saltan sobre la azul superficie, impulsados por el grandioso viento.


Recuerdo que cuando vivía en la calle Waddington, en noches de invierno, se escuchaba el cascabeleo que hacían las piedras de la playa San Mateo al ser arrastradas por el mar. Pasé gran parte de mi juventud adormeciéndome con ese monótono sonido.


Es este mar el que da, a gran parte de los playanchinos, ese tono cobrizo de sus rostros. Amantes de ese aire pleno que llena sus pulmones, el playanchino es amante de la Playa Las Torpederas, del paseo por la Avenida Altamirano, del viaje en bote para pescar uno que otro pez. Por eso, no es raro que muchos terminen en la marina, para desposarse con el mar.


Playa Ancha y el mar, dos personajes de unión indisoluble. Poemas salinos que juegan día a día una danza de caracolas.

jueves, marzo 12, 2009

Liceo Alfredo Nazar Feres


El 2 de marzo de este año asumí la dirección de este emblemático Liceo. Cinco años estaré liderando a unos 85 adultos y 1.175 niños y jóvenes -si Dios así lo quiere. Lo que más ha sorprendido a mi alma de educador es el hecho de volver al establecimiento en que estudié la primaria y, gran parte, de la secundaria. Esto es como cerrar un ciclo vital ya que se supone que al término de mi gestión estaría jubilando. Lo siento como un premio divino: no todos terminan en la misma institución en que se iniciaron como niño.


Lo de emblemático es justificable, pues esta unidad educativa nació en Tacna, en marzo de 1885. Época en que ese territorio, hoy peruano, pertenecía a Chile. Alrededor del año 1926, se traslada a Playa Ancha. O sea, unos 123 años de vida y al servicio de la formación de generaciones.


Recuerdo el anexo del Liceo de Playa Ancha, en la avenida Gran Bretaña. Cómo no recordar a la Srta. Felicia Ochoa, quien con santa paciencia logró "domarnos". El Sr. Burgos, director de ese anexo. Fue la época del chiqui chiqui lori, del trompo, el emboque, en fin, de juegos que hoy se extinguen. Cómo no acordarme del puñete que le pegué al "Laucha", a través de un vidrio de la puerta de la sala: terminamos en la oficina del Sr. Burgos.


Luego, pasaría a la "pajarera" de avenida Playa Ancha con Gral. del Canto. Un edificio que, perfectamente, podría haber sido escenografía para un filme de terror. Allí viviría la preadolescencia, echándole el ojo a las cabras internas de las Monjas Inglesas que estaban casi enfrente. De allí recuerdo al Sr. Fuentes, profesor de Artes Manuales. Con mi primo -que le pegaba más al ramo- intercambiábamos trabajos para la nota. El Sr. Fica y su Sra. Pira, la profe de Matemática; care plica, el de Música; el guatón Olivares; Teodoro Benario, el profe de Inglés con su andar característico: echándose vuelo. Aún recuerdo el sol colándose por intersticios insospechados y el crugir leñoso de las escaleras.


En 1962, nos trasladaríamos a los módulos que se construyeron un poco más abajo, frente al DPA. Se suponía que esa construcción era "transitoria" -para los que veníamos de la pajarera era un palacio-; no obstante, pasarían 45 años para contar con el actual edificio que es una verdadera belleza arquitectónica. Es éste el Liceo que hoy tengo el honor de dirigir.


Recorrí las calles aledañas al Liceo y, la verdad, poco ha cambiado el entorno. Aún persisten construcciones de aquella época. Sin embargo, la Escuela 17 desapareció y se asimiló a mi Liceo. Recuerdo que mi madre asistía a esa escuela a unos cursos de Economía Doméstica que, en buen castellano, era aprender a cocinar.


Aún se encuentra una que otra calle con adoquines, los esqueletos de los cines Iris y Odeón a los que asistíamos mi hermana y yo: la matinée del domingo, siempre que juntáramos la plata para las entradas. La plaza Waddington en la que patinábamos y, más tarde, hacíamos nuestros primeros escarceos sentimentales. La Fuente de Soda Bómbolo, donde escuchábamos los últimos éxitos de la nueva ola, en un Wullitzer. El paseo 21 de mayo, lugar ideal para pololear y bailar, cuando se hacía el carnaval. En fin, momentos mágicos que llenaron mi vida y todo mi ser.


Antes de entrar ¿o reentrar? al Liceo, ese 2 de marzo pasado, recorrí esos lugares de la República de Playa Ancha. Aquí estoy, donde empecé mi caminar vital; aquí estoy, donde terminaré mi paso por este mundo. Bienvenido recuerdo.


sábado, enero 17, 2009

Museo Naval

Hacía bastante tiempo que no visitaba el Museo Naval, ubicado en el Paseo 21 de Mayo. Convencí a Gaby para que ese día viernes de enero, por la tarde, partiéramos a Playa Ancha. Había cierto dejo de emoción y ansiedad en mí ya que ver el vetusto edificio que albergara a la antigua Escuela Naval, me traía a la memoria a mi padre, mi juventud, los primeros pololeos.

Mi padre trabajaba en la Armada -filiación azul- como Laboratorista Dental en los Arsenales de Guerra, ese conjunto de edificios mamotréticos que se encuentran justo a los pies del Paseo 21 de mayo. Edificios hoy rodeados por containers y grúas. El trabajo de mi papá permitía que yo pudiese practicar natación en la Escuela Naval y, por ende, incursionar en la dinámica diaria de los cadetes. Esto sería como el preanuncio de mi ingreso posterior a la Escuela Militar. Pero eso es otra historia.

Quien se acerca hoy a este edificio lo hace para sumergirse en la historia naval de Chile y fue lo que hicimos con Gaby ese viernes.

Debo decir que subir por la escalera que nos conducía al Museo fue como volver a ese pasado que no es tema ahora. En el jardín de entrada nos encontramos con una estatua de tamaño natural del Almirante José Toribio Merino, saludando militarmente, reminiscencia de un pasado que ya nadie quiere recordar.

Entrar al Museo ya impresiona por su impecable presentación: todo reluce. La iluminación de cada una de las salas es exactamente la adecuada para crear esa atmósfera de heroicidad que se quiere transmitir al visitante. Orgullo para el asistente nacional, grata impresión para el turista.

Cada una de las piezas expuestas se hace con exquisito gusto y siguiendo las pautas que me ha tocado apreciar en museos extranjeros, como el Museo del Ejército en París. Las cartillas que cuelgan ordenadamente y dispuestas para el visitante más aplicado, informan pormenorizadamente respecto a la pieza en exhibición. Una grata forma de aprender sobre la historia de nuestro país.

Los vitrales son maravillosos, porque aportan a una atmósfera pasada llena de glorias y actos sublimes. Las armas nos dan cuenta de la clase de hombres que las blandieron en el fragor del combate, cual míticos titanes.

Nos emocionamos cuando ingresamos a aquella sala en que, semejando la cripta que se encuentra en el monumento a los Héroes de Iquique, se nos abre la intrahistoria de cada uno de los personajes que rindieron con sus vidas el profundo amor a la Patria. Especialmente, me emocionó el poema de Sara Vial dedicado a ese niño-marino tocando su tambor en medio del combate.

En cada sala nos vamos adentrando en la historia naval de nuestro país. Cada óleo da cuenta de gestas que escribieron con sangre joven nuestro pasado ilustre. Ese resto de mástil de la corbeta Esmeralda nos explicita la precariedad de la nave para enfrentar al colosal Huáscar.

Salimos al patio central con el verde del pasto iluminado por el sol, para tomarnos un exquisito café mientras observamos un gran mascarón de proa del Buque Escuela Esmeralda y, en el recuadro opuesto, un cañón recuperado en la rada de Iquique, resabio del Combate Naval que maravillara al mundo.

Antes de abandonar este bello Museo, permanecemos largo rato observando los souvenires que están a la venta y que sirven para llevarse a casa algo de ese espíritu naval que viviéramos ese día.

Creo que ninguna persona que se llame porteño puede dejar de visitar este magnífico museo. Emerger de una visita como ésta, le hará sentirse orgulloso de llevar ese calificativo.






jueves, mayo 01, 2008

Escaleras al cielo


Funicular lo llaman los santiaguinos. Nosotros hablamos de ascensor. Ellos están allí, encaramándose a los cerros, desde que era un niño. Quienes hemos vivido siempre en algún cerro de Valparaíso hemos tenido la suerte de tener uno cerca y experimentamos cada día la aventura de descolgarse desde la altura hacia el colegio o el trabajo. Bajamos entre el ruido de ruedas girando y de esas especie de canutos gigantes de hilo sobre los que resbalan las gruesas cuerdas de acero. Desde sus ventanillas vemos en todo su esplendor el Pacífico y los barcos que entran y salen. Más de alguna vez entablamos una inesperada conversación a bordo de esta caja metálica que desciende o sube. Cuando era lolo, eran las miradas malamente disimuladas hacia la muchacha que lee, sentada en la banca de madera. Muchos amores se fraguaron dentro de estas cajas de sorpresas.


Hoy, varios de estos prodigios o han desaparecido o están inmóviles, como estatuas, como una suerte de escenografía falsa. Es la "modernidad" que termina con todo lo que es nostalgia y romanticismo. Algunos de estos ascensores tuvieron la suerte de quedar grabados en alguna insignia o póster turístico, especie de testamento de una época que ya no es.


Ojalá que los ascensores que aún luchan por sobrevivir me acompañen hasta que deje este tránsito terrenal. Ellos me han hecho sentir la ciudad en un subir y bajar, conocer a sus gentes con olor a mar, soñar desde la altura viajando en alguna de las naves que se internan en el gran camino azul.


Cerca de aquí hay un ascensor que aún traslada su carga humana. Ahora mismo me voy a embarcar en su caja metálica para encontrarme, allá abajo, con mi entrañable amigo Claudio.

domingo, abril 13, 2008

Gaviotas parlanchinas

Escucho a Teddy ladrar furioso hacia el amplio ventanal de nuestro dormitorio. Seguramente es la gaviota que, inmutable, le observa desde la luminaria del poste de enfrente. Así es cada vez que bandadas de gaviotas nos visitan con sus destemplados graznidos y lanzan sus bombitas de nieve sobre la terraza -cosa que pone los pelos de punta a mi esposa. Más encima, a Teddy le gusta lamer este maná aéreo y Gaby le reprende, porque piensa que se puede enfermar.
Leer un buen libro en la terraza, bajo el quitasol que protege del sol y de los bombardeos fecales, sintiendo el coro de gaviotas en el techo de la casa, mientras Teddy les observa alerta, es uno de los gustos que me gusta darme de vez en cuando. Desde allí se adivina el mar con su incesante sinfonía de ires y venires.
Las gaviotas son parte del paisaje porteño. Uno tiene el privilegio de asistir al nacimiento de polluelos, observar su entrenamiento bajo la atenta mirada de sus padres, verles sostenerse en el aire bajo la lluvia y el temporal.
Estas grandes aves, vestidas de traje de gala, eximias pescadores, son unas parlanchinas hechas y derechas. Entre ellas se da en su plena expresión la habilidad social. Viven comunicándose ya sea en algún techo o, simplemente, en pleno vuelo. A veces pienso que existe un intrincado lenguaje que las une en estos .conciertos de graznidos. Estás almorzando o recostado en tu cama y una sombra que se escurre por los objetos iluminados por el sol dan cuenta de sus vuelos rápidos, acompañados por su espíritu dicharachero.
Son bellas y curiosas aves. Se asoman hacia nuestra intimidad sin pedir permiso, volteando ligeramente su cabeza para mirarnos con detención.
Damas del aire salobre de Valparaíso, recorren el litoral entre sus parloteos habituales, oteando las casas que cuelgan de los cerros o avistando al pescador generoso que les lanza al mar parte de su pesca. Otra vez ladra Teddy: la gaviota le mira ladeando su cabeza, desde el poste de enfrente.

domingo, agosto 26, 2007

Porteña buenamoza


"Porteña buenamoza, no me hagas sufrir más" dice una popular canción dedicada a nuestro puerto. Recuerdo que mi abuelo daba una explicación bastante cercana a la realidad para destacar las lindas piernas de las porteñas: suben y bajan escalas todo el día, un buen ejercicio para tornear bellas extremidades.


Las porteñas tienen ojos llenos de mar, su mirada es húmeda y serena. ¿Has visto una porteña mirando al mar? Sus cabellos revolotean con el infaltable viento, sus ojos se llenan de azul y su piel toma ese hermoso tono barquillo que tanto envidian las santiaguinas.


Pololear con una porteña es embarcarse en un viaje romántico por los balcones que pululan en los cerros, siempre mirando al mar. En esos lugares, en los que el verdor contrasta graciosamente con las espumas que las olas lanzan sobre las rocas, besamos esos labios ligeramente gruesos y salobres, y sentimos, a lo lejos, los graznidos burlones de las gaviotas.


Porteña, hermosa sirena robada al mar, dame tu mirada de peces y tu caricia de huiros, abrázame amorosamente para adormecerme en tus cálidos pechos y soñar contigo viajes a lugares ignotos por los senderos marinos.

lunes, enero 22, 2007

Verano porteño

Y se nos vino enero y el puerto se ve visitado por gentes de los más variados orígenes. En Valparaíso el verano adquiere un encanto especial ya que, aun cuando la cantidad de visitantes es bastante alta, se mantiene ese ambiente moderado y provinciano que permite quedarse en la ciudad. No le pasa lo mismo a los viñamarinos quienes, muchos de ellos, "arrancan" de la ciudad, especialmente si lo que se busca es tranquilidad.
Valparaíso es una gran mano que avanza hacia el mar para recibir a sus visitantes. Muchos cruceros recalan en su puerto, trayendo infinidad de turistas que, cual hormigas, recorren las callecitas de adoquines para empaparse de esa magia que ha hecho tan especial a nuestra ciudad.
Hoy es posible alojarse en algún cerro de este anfiteatro y caminar por calles y escaleras que conducen a destinos insospechados. Se puede comer en interesantes "picadas" para probar la cocina propiamente porteña en la que destacan los productos marinos.
Los ascensores -funiculares- de Valparaíso son, también, una buena forma de dar un salto a la aventura. Se llega a cerros cuya arquitectura habitacional rompe toda norma ingenieril. Las casas son como verdaderos seres que quieren lanzarse al mar desde alturas increíbles.
Para las parejas, la noche porteña es un poema de amor que, cual piedra preciosa, lanza sus mensajes de cristal desde lo alto de los cerros. Si se trata de una luna de miel, Valparaíso es el lugar más adecuado para que este momento nunca se olvide.
En los próximos días llegará una gran cantidad de cruceros y muchos de estos turistas descubrirán por qué Valparaíso es tan famosa en el mundo. Bienvenidos.

sábado, septiembre 16, 2006

Víctor Hugo en Alejo Barrios



Recuerdo que cuando era adolescente, solíamos partir a las ramadas que se ubicaban en las canchas de fútbol de Alejo Barrios, en la "República" de Playa Ancha. Era la época en que la Escuela Naval aún no llegaba al lugar ni existían las construcciones universitarias que hoy rodean estas canchas.
Por lo tanto, la cantidad de ramadas era bastante superior a las que hoy sólo se limitan a los espacios deportivos.
Aún la cueca reinaba en cada una de las improvisadas construcciones con olor a eucaliptus y en las que se ofrecía lo más típico de la cocina chilena, a precios muy módicos.
Era una fiesta de la familia en la que cada uno de sus integrantes hallaba algo que le interpretaba, que le invitaba a ser parte de la fiesta.
Entre los recuerdos de esos años ocupa un especial lugar un personaje que, año a año, instalaba una ramada que atraía a gran cantidad de personas. Él era Víctor Hugo, un homosexual que tendría unos cincuenta y tantos años y que acogía a los visitantes con una solicitud que ya la quisiéramos hoy en cualquier local comercial.
Como dije, éramos adolescentes de colegio y, ello, podría hoy dar pie a una supuesta seducción de este personaje hacia nosotros. Pero creo que si quedó en mi memoria es porque, justamente, Víctor Hugo rompía absolutamente el paradigma social de un homosexual. En efecto, él tenía su pareja y, por lo tanto, en modo alguno, flirtearía siquiera con otros hombres.
Nos recibía con gran alegría y, muchas veces, se negó a cobrarnos a sabiendas que, como jóvenes, siempre andábamos al tres y al cuatro. Él mismo nos atendía y se sentaba con nosotros a parlotear con entusiasmo sobre los temas más diversos.
La cocina de Víctor Hugo era de película. Esperábamos con ansias llegar a su fonda para saciar nuestro apetito. Allí, entre cuecas y tonadas, probábamos las jugosas empanadas, los ricos anticuchos y el infaltable mote con huesillos.
Se nos quedó anclado en nuestras memorias porque era un hombre que asumía con absoluta naturalidad su extraña condición, respetándonos como personas que caminábamos por otro carril, mucho más aceptado socialmente, pero que no impedía que nos sentáramos a compartir en torno a un vaso de chicha dulce de Curacaví, sin temores ni condenas.
Víctor Hugo era un maestro del arte de la conversación. El tiempo solía detenerse en cada una de sus historias y, nosotros, evitábamos interrumpirle para saborear entretenidas anécdotas y vivencias que, nunca, nunca tuvieron otro cariz que el de departir entre amigos, sin dobles intenciones.
Creo que en el momento actual hay muchos homosexuales que deberían aprender de personajes como Víctor Hugo. Seguramente, serían bastante menos rechazados y vilipendiados por quienes se consideran "normales".

jueves, julio 27, 2006

American Bar, su casa

En aquella época, estando en la UCV, nos veníamos al barrio el puerto, profes y alumnos, para incursionar en el barrio rojo porteño. La primera parada lo constituía una estancia en el Rolland Bar, lugar en el que se encontraban jóvenes de las distintas universidades de Valparaíso. Allí, se filosofaba, se conversaba y analizaba la realidad del momento, en fin, era un lugar apropiado para conocer gente importante, intelectualmente, se entiende. Pero era también el preámbulo o la espera obligada para dirigirnos, luego, al American Bar. Hacíamos la hora para ver el show.
El viejo Canales ya nos conocía y nos reservaba una mesita aledaña al mini escenario. No era un local muy grande, aunque la verdad es que siempre lo vi en penumbras. El centro iluminado era el escenario, donde se iban turnando chicas que, haciendo gala de toda una rutina lamida por el tiempo, se despojaban de sus vestimentas hasta quedar totalmente desnudas. Pero había también números musicales, aún recuerdo un conjunto de rock cuyo baterista era realmente excelente, no sólo por su habilidad sino también por sus aptitudes histriónicas que hacían reír de buena gana a los espectadores.
Ahí, junto a la escalita por donde subían y bajaban las chicas, nos servíamos sendas cubas libres o, simplemente, cervezas. A más de alguno se le sentaba en las piernas alguna de las niñas de la casa y comenzaba a acariciarlo mientras los demás nos moríamos de la risa.
Ahí nos quedábamos hasta que el local cerraba. A un par de horas de la salida del sol, partíamos hacia la universidad. No sé cómo aguantábamos tanto; pero igual atendíamos a las clases del día, incluso las de aquellos profes que habían compartido con nosotros la ronda nocturna.
"American Bar, su casa" un anuncio que se nos quedó grabado en nuestra memoria y que, de una u otra forma, añoramos con inusitado afecto.

lunes, junio 05, 2006

Invierno porteño

Llueve en Valparaíso. El mar comienza a manifestar su inquietud salobre: se respira en el ambiente. Seguramente se nos vendrá un temporal que llevará a los cabros de Liceos y Colegios a recorrer la ribera y pegarse una mojada de padre y señor.
Cuando se nos viene esta lluvia, generalmente, el viento arrecia con violencia inusitada. A casi nadie se le ocurre, entonces, salir con paraguas y, más aún, si es hombre. Comienza con una inofensiva llovizna que va engrosando su caudal paulatinamente, hasta convertirse en un chaparrón que todo lo moja y apoza. El agua se descarga por las bajadas de los cerros como inmenso aluvión que deposita su carga barrosa en el plan. Ahí sí comienzan los problemas ya que las pannes de vehículos generan tacos enormes.
Sin embargo, no todo es malo. No hay espectáculo más fascinante que ese mar embravecido que rompe en millones de cristales sobre los cabros que corren raudos para esquivar la mojada. Más allá, los barcos y buques toman posiciones para enfrentar la marejada. Cabecean de lo lindo y se vé saltar el agua que choca con sus estructuras. A pesar del viento y la lluvia, las gaviotas igual sobrevuelan el arremolinado espacio, lanzando sus graznidos y meciéndose, a veces estáticas, empujadas por el viento.
Apenas este espectáculo ha comenzado, las dueñas de casa comienzan a preparar las infaltables sopaipillas: secas y pasaditas. Es el día de onces suculentas y sabrosas. Allí, al amparo de la debacle externa, probamos un rico té o café con leche y le hacemos los honores a esas sopaipillas que, diligentemente, preparó la patrona.
Así, el invierno porteño genera una de las más sabrosas expresiones del arte culinario, en cada casa colgada de los tantos cerros que presencian este temporal.

miércoles, mayo 03, 2006

Paseo 21 de mayo


Era como el balcón natural de la antigua Escuela Naval. Desde él, se aprecia el puerto de Valparaíso en toda su extensión. Ancho corredor testigo de muchas generaciones, especialmente de jóvenes enamorados, de estudiantes-paseantes y, también, de bailarines. Sí, tal como lees. Cuando apenas era un prepúber, viví las experiencias más mágicas en ese paseo. Año a año, se efectuaba allí un Carnaval que reunía a los jóvenes con sus familias para bailar al ritmo de los grupos y cantantes populares. Recuerdo que esperábamos con ansias este evento veraniego para incursionar, bajo las guirnaldas multicolores, en los misterios del amor. Por allí vimos pasar a Los Tigres, Los Blue Splendor, Luis Dimas y muchos más. Era la época en que los artistas populares eran eso, "populares" y, por ende, estaban al alcance de sus admiradores. Recuerdo que venían mis primas de Santiago y las autorizaban para ir al Carnaval, siempre y cuando les acompañara su primo, o sea yo. Para mí era un orgullo llegar con mis primas ya que eran harto buenamozas. Pero estaba ya abriendo mis ojos y mi corazón al misterio del pololeo. Entre blue y blue se fueron entretejiendo afectos efímeros que irían fraguando mi experiencia con el sexo opuesto -o complementario, debería decir. Aún recuerdo la frescura de esas jóvenes mujeres que aceptaron que les abrazase y tocara con mis labios sus labios. Qué sensaciones. Me recuerdo mirando las luminarias del puerto junto a mi pareja, uno que otro barco entrando o saliendo de la bahía. Había momentos para la algarabía y momentos para el retiro embelezado por la belleza del paisaje nocturno. Fueron estos mis mejores momentos juveniles. Sólo existía el cigarrillo y la piscola. Y los muchachos no eran malos. Eso vendría después y marcaría el término de una etapa maravillosa en que todo tenía un halo de inocencia. Aún cierro los ojos y me adentro en el túnel multicolor del paseo 21 de mayo, provisto de unos blue jeans Top Gun, peinado a la parafina sin olor, perfumado, buscando entre la muchedumbre unos ojos que quisiesen engarzarse en los míos.

jueves, abril 13, 2006

La quema del Judas


Vivía en la calle Waddington. Una típica calle de cerro porteño con relucientes adoquines y veredas interrumpidas por escalinatas. Se entraba a esta calle desde la avenida Gran Bretaña y se podía llegar hasta la Caleta El Membrillo. Como ven, estamos en la "República" de Playa Ancha.
Por esta época cuaresmal, niños recorrían las casas de la vecindad recolectando monedas para "el Judas". Éste era un muñeco casi de tamaño natural, hecho de trapos y paja, y vestido con ropas aportadas, generalmente, por los progenitores de la "pandilla". Este rito popular se repetía ad infinitum en todos los recovecos de los cerros que conforman Valparaíso.
Todo comenzaba con una importante etapa creativa tendiente a dar forma al Judas: una suerte de escultismo aficionado. Éramos cinco o seis niños armando esa réplica de hombre que culminaría su breve existencia en el fuego. Después, venía el apelar a la sensibilidad evangélica de los vecinos para que aportaran sus monedas, las que iban a parar a los bolsillos de la réplica del traidor. Entonces, era el paseo simbólico de este "hombre" que fue capaz de vender a Cristo por unas monedas. Ahora éramos los niños, aquellos que fueron verdaderos paradigmas de virtudes para el Maestro, quienes cobrábamos venganza por aquella maldita traición. Como simples mortales, hacíamos algo que Jesús no hizo ni habría hecho en su infinita misericordia. En nuestra calidad de "pecadores", teníamos la licencia para condenar al prójimo. Finalmente, llegaba el día en que armaríamos el improvisado "infierno" para que Judas expiase su culpa: el fuego, el medio purificador utilizado desde el inicio de la existencia del hombre.
Grandes y chicos hacían un ruedo en torno a la pira que se había construido a centímetros de los pies de Judas, el que colgaba de un alambre, apenas mecido por el viento playanchino. Había un momento de expectación mientras se encendía la pira. Poco a poco, las llamas lamían las extremidades del muñeco y, en unos instantes, el fuego le envolvía todo. Uno que otro le pegaba con un palo y las monedas comenzaban a caer, y los niños se abalanzaban para hacerse de alguna.
Luego, sólo un montón de cenizas humeantes y niños gritando y corriendo, anunciando que Judas había recibido el merecido castigo por vender a Cristo, aquél que amó, sobre todo, a los niños.

sábado, abril 08, 2006

Ascensores


Como es común para muchísimos habitantes de este maravilloso anfiteatro llamado Valparaíso, desde niño usé este original medio de transporte para bajar al plan. Cada mañana, me encaminaba al viejo ascensor para dirigirme al Colegio Salesiano. Ahí estaba la conocida señora que activaba con el pie el mecanismo que me permitía acceder a esa caja mágica que, en unos instante, iniciaba su movimiento cuesta abajo. Se escuchaba el rodar de esas especies de canutos gigantes sobre los que se deslizaban las cuerdas de acero mientras más allá el mar nos brindaba su saludo de peces. Una sinfonía de sonidos ferrosos nos acompañan en nuestro descenso al plan del puerto. Cual sala de espera de un médico, quienes nos hallamos en este cubo apenas nos miramos o miramos el techo o el paisaje porteño que se avista desde cada una de las ventanillas o, los más nerviosos, observan los tensos cables que sujetan este carro sobre el que viajamos. Crecimos en estos carros y cada etapa de nuestra vida nos trajo experiencias diversas. En alguno de estos ascensores de Valparaíso se conquistó a una muchacha, justo en el lapso en que transcurrió nuestro descenso o ascenso.
¿Es posible concebir a Valparaíso sin estas cajas que se cruzan día a día en los cerros de este maravilloso puerto?
No. Los ascensores son parte del ser porteño, son esa poesía que se escribe cada mañana, cada tarde, cuando vamos o venimos de nuestro colegio o de nuestro trabajo.

viernes, marzo 31, 2006

Firulay no volvió al Colegio


Años que el pequeño perro recorría, durante toda la jornada escolar, los tres patios del establecimiento. Siempre junto a los más pequeños, recibía de ellos no sólo sus caricias, sino también uno que otro pedacito de sus meriendas. Cuando los niños entraban a clases, se quedaba echadito junto a la puerta, esperando el nuevo recreo o la hora de salida. De pelo rubio, muy pequeño, de cortas patitas y unas orejitas que se doblaban en las puntas. Firulay tenía un andar gracioso y se había ganado el cariño de todos. Cada mañana, entraba por la puerta del Colegio como un alumno más. Pero lo más extraordinario es que cuando los niños se iban de vacaciones, él también se iba y no le veíamos hasta el inicio de un nuevo año escolar. ¿Dónde iba durante esos meses? Es parte del misterio de Firulay.
Este año, le esperamos a la entrada como todos los años..., pero no volvió. Quién sabe qué pasó con él. Quizás estaba muy viejo ya y prefirió morirse durante las vacaciones para no apenar a los niños.
Firulay, siempre te tendremos en el recuerdo de nuestros corazones.

martes, marzo 14, 2006

Descenso madrugador

Linda mañana. O mejor, debería decir hermosa madrugada. Me descuelgo desde el Cerro Esperanza, rumbo a Avenida España. Aún es de noche: la luna lame con su luz el mar en penumbras. Los cerros porteños, cual inmenso diamante, lanzan sus destellos dorados. Sólo mis pasos se escuchan mientras bajo las escaleras que me llevarán hacia una fuerte pendiente.
Suelo aspirar con ganas ese aire marino que oxigena todo mi ser. Me siento amo de la madrugada en medio de esa soledad, propia de mañanas tempranas. Más de un año llevo haciendo esta caminata hasta la Avenida España, en la que espero el bus, acompañado de somnolientos quiltros que me miran amistosamente. Siento, suave, el ir y venir de ese mar que adivino al otro lado de los rieles ferroviarios.
Me subo al bus 17 y el chofer me da el buenos días, mientras en los asientos, las caras de todos los días, aún presentan resabios de una noche de sueños.
Otro día comienza.