domingo, junio 21, 2009

Atardecer porteño



Los cerros de Valparaíso constituyen un verdadero anfiteatro para observar las maravillas de la naturaleza. Uno de los mensajes más bellos que Dios nos regala cada día, es el atardecer porteño. He vivido en Playa Ancha y en Esperanza y nunca me he perdido este hermoso espectáculo.
Recuerdo más de algún pololeo vivido en el paseo 21 de mayo o en la avenida altamirano, esperando este efímero momento en que el sol se retira al descanso y la noche anuncia su venida. Un momento mágico, lleno de sensaciones gratas. Instantes propicios para declarar el amor, dar un beso o, simplemente, observar ese concierto de tonos anaranjados, tomados de la mano o abrazados. Romántico ¿verdad?
Quisiera que, cuando Él me llame a su morada, pueda hacerlo en una embarcación, navegando hacia altamar, enfilando la proa hacia ese horizonte naranja. Será como adentrarse en la maravilla de esa otra dimensión, eterna y colorida.

viernes, mayo 01, 2009

Playa Ancha y el mar


He vuelto a Playa Ancha. Siempre he asociado a este cerro con el mar, tan propio de Valparaíso. Quizás sea porque es desde Playa Ancha que se ve Valparaíso mirando al Pacífico en todo su esplendor. Además, aun cuando no lo veas, te llama con su viento perfumado a sal. En efecto, el viento siempre está presente en Playa Ancha. Y ahora, en el preámbulo del invierno, suele ser muy helado.


Recuerdo que estando en el Liceo Alfredo Nazar Feres -como alumno- solíamos descolgarnos de nuestro cerro para acercarnos al Paseo Rubén Darío a desafiar la furia marina en días de temporal. Siempre nos vencía el mar y volvíamos a casa empapados.


También divisábamos, admirados, los barcos enfrentando al viento; pues adivinábamos a los marineros en cubierta, atando y desatando cabos. Muchos de ellos eran de Playa Ancha, los veíamos a diario en nuestras calles, algunos eran padres de compañeros de curso.


Otras veces, nos íbamos a Caleta El Membrillo y éramos testigos de sus regalos marinos que se movían dentro de los botes. Veíamos también sus huellas en los rostros de los pescadores.


Cuando la vida me ha llevado a otros países, siempre echo de menos este mar que, desde Playa Ancha, se nos muestra en toda su belleza y grandeza. Si vas a Punta Ángeles, podrás ver los "corderitos" que saltan sobre la azul superficie, impulsados por el grandioso viento.


Recuerdo que cuando vivía en la calle Waddington, en noches de invierno, se escuchaba el cascabeleo que hacían las piedras de la playa San Mateo al ser arrastradas por el mar. Pasé gran parte de mi juventud adormeciéndome con ese monótono sonido.


Es este mar el que da, a gran parte de los playanchinos, ese tono cobrizo de sus rostros. Amantes de ese aire pleno que llena sus pulmones, el playanchino es amante de la Playa Las Torpederas, del paseo por la Avenida Altamirano, del viaje en bote para pescar uno que otro pez. Por eso, no es raro que muchos terminen en la marina, para desposarse con el mar.


Playa Ancha y el mar, dos personajes de unión indisoluble. Poemas salinos que juegan día a día una danza de caracolas.

jueves, marzo 12, 2009

Liceo Alfredo Nazar Feres


El 2 de marzo de este año asumí la dirección de este emblemático Liceo. Cinco años estaré liderando a unos 85 adultos y 1.175 niños y jóvenes -si Dios así lo quiere. Lo que más ha sorprendido a mi alma de educador es el hecho de volver al establecimiento en que estudié la primaria y, gran parte, de la secundaria. Esto es como cerrar un ciclo vital ya que se supone que al término de mi gestión estaría jubilando. Lo siento como un premio divino: no todos terminan en la misma institución en que se iniciaron como niño.


Lo de emblemático es justificable, pues esta unidad educativa nació en Tacna, en marzo de 1885. Época en que ese territorio, hoy peruano, pertenecía a Chile. Alrededor del año 1926, se traslada a Playa Ancha. O sea, unos 123 años de vida y al servicio de la formación de generaciones.


Recuerdo el anexo del Liceo de Playa Ancha, en la avenida Gran Bretaña. Cómo no recordar a la Srta. Felicia Ochoa, quien con santa paciencia logró "domarnos". El Sr. Burgos, director de ese anexo. Fue la época del chiqui chiqui lori, del trompo, el emboque, en fin, de juegos que hoy se extinguen. Cómo no acordarme del puñete que le pegué al "Laucha", a través de un vidrio de la puerta de la sala: terminamos en la oficina del Sr. Burgos.


Luego, pasaría a la "pajarera" de avenida Playa Ancha con Gral. del Canto. Un edificio que, perfectamente, podría haber sido escenografía para un filme de terror. Allí viviría la preadolescencia, echándole el ojo a las cabras internas de las Monjas Inglesas que estaban casi enfrente. De allí recuerdo al Sr. Fuentes, profesor de Artes Manuales. Con mi primo -que le pegaba más al ramo- intercambiábamos trabajos para la nota. El Sr. Fica y su Sra. Pira, la profe de Matemática; care plica, el de Música; el guatón Olivares; Teodoro Benario, el profe de Inglés con su andar característico: echándose vuelo. Aún recuerdo el sol colándose por intersticios insospechados y el crugir leñoso de las escaleras.


En 1962, nos trasladaríamos a los módulos que se construyeron un poco más abajo, frente al DPA. Se suponía que esa construcción era "transitoria" -para los que veníamos de la pajarera era un palacio-; no obstante, pasarían 45 años para contar con el actual edificio que es una verdadera belleza arquitectónica. Es éste el Liceo que hoy tengo el honor de dirigir.


Recorrí las calles aledañas al Liceo y, la verdad, poco ha cambiado el entorno. Aún persisten construcciones de aquella época. Sin embargo, la Escuela 17 desapareció y se asimiló a mi Liceo. Recuerdo que mi madre asistía a esa escuela a unos cursos de Economía Doméstica que, en buen castellano, era aprender a cocinar.


Aún se encuentra una que otra calle con adoquines, los esqueletos de los cines Iris y Odeón a los que asistíamos mi hermana y yo: la matinée del domingo, siempre que juntáramos la plata para las entradas. La plaza Waddington en la que patinábamos y, más tarde, hacíamos nuestros primeros escarceos sentimentales. La Fuente de Soda Bómbolo, donde escuchábamos los últimos éxitos de la nueva ola, en un Wullitzer. El paseo 21 de mayo, lugar ideal para pololear y bailar, cuando se hacía el carnaval. En fin, momentos mágicos que llenaron mi vida y todo mi ser.


Antes de entrar ¿o reentrar? al Liceo, ese 2 de marzo pasado, recorrí esos lugares de la República de Playa Ancha. Aquí estoy, donde empecé mi caminar vital; aquí estoy, donde terminaré mi paso por este mundo. Bienvenido recuerdo.


sábado, enero 17, 2009

Museo Naval

Hacía bastante tiempo que no visitaba el Museo Naval, ubicado en el Paseo 21 de Mayo. Convencí a Gaby para que ese día viernes de enero, por la tarde, partiéramos a Playa Ancha. Había cierto dejo de emoción y ansiedad en mí ya que ver el vetusto edificio que albergara a la antigua Escuela Naval, me traía a la memoria a mi padre, mi juventud, los primeros pololeos.

Mi padre trabajaba en la Armada -filiación azul- como Laboratorista Dental en los Arsenales de Guerra, ese conjunto de edificios mamotréticos que se encuentran justo a los pies del Paseo 21 de mayo. Edificios hoy rodeados por containers y grúas. El trabajo de mi papá permitía que yo pudiese practicar natación en la Escuela Naval y, por ende, incursionar en la dinámica diaria de los cadetes. Esto sería como el preanuncio de mi ingreso posterior a la Escuela Militar. Pero eso es otra historia.

Quien se acerca hoy a este edificio lo hace para sumergirse en la historia naval de Chile y fue lo que hicimos con Gaby ese viernes.

Debo decir que subir por la escalera que nos conducía al Museo fue como volver a ese pasado que no es tema ahora. En el jardín de entrada nos encontramos con una estatua de tamaño natural del Almirante José Toribio Merino, saludando militarmente, reminiscencia de un pasado que ya nadie quiere recordar.

Entrar al Museo ya impresiona por su impecable presentación: todo reluce. La iluminación de cada una de las salas es exactamente la adecuada para crear esa atmósfera de heroicidad que se quiere transmitir al visitante. Orgullo para el asistente nacional, grata impresión para el turista.

Cada una de las piezas expuestas se hace con exquisito gusto y siguiendo las pautas que me ha tocado apreciar en museos extranjeros, como el Museo del Ejército en París. Las cartillas que cuelgan ordenadamente y dispuestas para el visitante más aplicado, informan pormenorizadamente respecto a la pieza en exhibición. Una grata forma de aprender sobre la historia de nuestro país.

Los vitrales son maravillosos, porque aportan a una atmósfera pasada llena de glorias y actos sublimes. Las armas nos dan cuenta de la clase de hombres que las blandieron en el fragor del combate, cual míticos titanes.

Nos emocionamos cuando ingresamos a aquella sala en que, semejando la cripta que se encuentra en el monumento a los Héroes de Iquique, se nos abre la intrahistoria de cada uno de los personajes que rindieron con sus vidas el profundo amor a la Patria. Especialmente, me emocionó el poema de Sara Vial dedicado a ese niño-marino tocando su tambor en medio del combate.

En cada sala nos vamos adentrando en la historia naval de nuestro país. Cada óleo da cuenta de gestas que escribieron con sangre joven nuestro pasado ilustre. Ese resto de mástil de la corbeta Esmeralda nos explicita la precariedad de la nave para enfrentar al colosal Huáscar.

Salimos al patio central con el verde del pasto iluminado por el sol, para tomarnos un exquisito café mientras observamos un gran mascarón de proa del Buque Escuela Esmeralda y, en el recuadro opuesto, un cañón recuperado en la rada de Iquique, resabio del Combate Naval que maravillara al mundo.

Antes de abandonar este bello Museo, permanecemos largo rato observando los souvenires que están a la venta y que sirven para llevarse a casa algo de ese espíritu naval que viviéramos ese día.

Creo que ninguna persona que se llame porteño puede dejar de visitar este magnífico museo. Emerger de una visita como ésta, le hará sentirse orgulloso de llevar ese calificativo.






jueves, mayo 01, 2008

Escaleras al cielo


Funicular lo llaman los santiaguinos. Nosotros hablamos de ascensor. Ellos están allí, encaramándose a los cerros, desde que era un niño. Quienes hemos vivido siempre en algún cerro de Valparaíso hemos tenido la suerte de tener uno cerca y experimentamos cada día la aventura de descolgarse desde la altura hacia el colegio o el trabajo. Bajamos entre el ruido de ruedas girando y de esas especie de canutos gigantes de hilo sobre los que resbalan las gruesas cuerdas de acero. Desde sus ventanillas vemos en todo su esplendor el Pacífico y los barcos que entran y salen. Más de alguna vez entablamos una inesperada conversación a bordo de esta caja metálica que desciende o sube. Cuando era lolo, eran las miradas malamente disimuladas hacia la muchacha que lee, sentada en la banca de madera. Muchos amores se fraguaron dentro de estas cajas de sorpresas.


Hoy, varios de estos prodigios o han desaparecido o están inmóviles, como estatuas, como una suerte de escenografía falsa. Es la "modernidad" que termina con todo lo que es nostalgia y romanticismo. Algunos de estos ascensores tuvieron la suerte de quedar grabados en alguna insignia o póster turístico, especie de testamento de una época que ya no es.


Ojalá que los ascensores que aún luchan por sobrevivir me acompañen hasta que deje este tránsito terrenal. Ellos me han hecho sentir la ciudad en un subir y bajar, conocer a sus gentes con olor a mar, soñar desde la altura viajando en alguna de las naves que se internan en el gran camino azul.


Cerca de aquí hay un ascensor que aún traslada su carga humana. Ahora mismo me voy a embarcar en su caja metálica para encontrarme, allá abajo, con mi entrañable amigo Claudio.

domingo, abril 13, 2008

Gaviotas parlanchinas

Escucho a Teddy ladrar furioso hacia el amplio ventanal de nuestro dormitorio. Seguramente es la gaviota que, inmutable, le observa desde la luminaria del poste de enfrente. Así es cada vez que bandadas de gaviotas nos visitan con sus destemplados graznidos y lanzan sus bombitas de nieve sobre la terraza -cosa que pone los pelos de punta a mi esposa. Más encima, a Teddy le gusta lamer este maná aéreo y Gaby le reprende, porque piensa que se puede enfermar.
Leer un buen libro en la terraza, bajo el quitasol que protege del sol y de los bombardeos fecales, sintiendo el coro de gaviotas en el techo de la casa, mientras Teddy les observa alerta, es uno de los gustos que me gusta darme de vez en cuando. Desde allí se adivina el mar con su incesante sinfonía de ires y venires.
Las gaviotas son parte del paisaje porteño. Uno tiene el privilegio de asistir al nacimiento de polluelos, observar su entrenamiento bajo la atenta mirada de sus padres, verles sostenerse en el aire bajo la lluvia y el temporal.
Estas grandes aves, vestidas de traje de gala, eximias pescadores, son unas parlanchinas hechas y derechas. Entre ellas se da en su plena expresión la habilidad social. Viven comunicándose ya sea en algún techo o, simplemente, en pleno vuelo. A veces pienso que existe un intrincado lenguaje que las une en estos .conciertos de graznidos. Estás almorzando o recostado en tu cama y una sombra que se escurre por los objetos iluminados por el sol dan cuenta de sus vuelos rápidos, acompañados por su espíritu dicharachero.
Son bellas y curiosas aves. Se asoman hacia nuestra intimidad sin pedir permiso, volteando ligeramente su cabeza para mirarnos con detención.
Damas del aire salobre de Valparaíso, recorren el litoral entre sus parloteos habituales, oteando las casas que cuelgan de los cerros o avistando al pescador generoso que les lanza al mar parte de su pesca. Otra vez ladra Teddy: la gaviota le mira ladeando su cabeza, desde el poste de enfrente.

domingo, agosto 26, 2007

Porteña buenamoza


"Porteña buenamoza, no me hagas sufrir más" dice una popular canción dedicada a nuestro puerto. Recuerdo que mi abuelo daba una explicación bastante cercana a la realidad para destacar las lindas piernas de las porteñas: suben y bajan escalas todo el día, un buen ejercicio para tornear bellas extremidades.


Las porteñas tienen ojos llenos de mar, su mirada es húmeda y serena. ¿Has visto una porteña mirando al mar? Sus cabellos revolotean con el infaltable viento, sus ojos se llenan de azul y su piel toma ese hermoso tono barquillo que tanto envidian las santiaguinas.


Pololear con una porteña es embarcarse en un viaje romántico por los balcones que pululan en los cerros, siempre mirando al mar. En esos lugares, en los que el verdor contrasta graciosamente con las espumas que las olas lanzan sobre las rocas, besamos esos labios ligeramente gruesos y salobres, y sentimos, a lo lejos, los graznidos burlones de las gaviotas.


Porteña, hermosa sirena robada al mar, dame tu mirada de peces y tu caricia de huiros, abrázame amorosamente para adormecerme en tus cálidos pechos y soñar contigo viajes a lugares ignotos por los senderos marinos.